Nació en 1984 y, obviamente, creció en un mundo analógico si lo comparamos con el actual. Era una realidad donde lo máximo de digitalidad que había era algún video-game de esos que hoy día son considerados dinosaurios de la interactividad electrónica de entretenimiento. Eran formas semejantes a naves, personas, etc. No existían imágenes semejantes con estética humana, con rasgos, expresiones y actitudes humanoides. Ni siquiera se pensaba en esa posibilidad, de confundir un videojuego con largometraje.
Aún se pensaba en cartas escritas a mano. El teléfono y el fax eran lo súmmum en herramientas de comunicación. Los “Jetsons” era un dibujo animado futurista que causaba gracia por la ideas que proponía y por su, en aquél momento, ingenuidad frente a semejante presentación de la utilización diaria de la tecnología. El personaje principal hablaba con su jefe por video conferencia, tenía una empleada robot, ponía pastillas en una máquina y le salían platos de comida prontos. Fenómenos vistos como algo utópico, absolutamente irreal o distante. Hechos que serian posibles en una era que no legaría tan pronto, imaginada en un mundo metálico, una verdadera sinfonía en gris mayor – como escribiera Rubén Darío – y lleno de máquinas con tareas y formas de seres como nosotros.
Pues vemos ahora que no es así, o mejor dicho, es así! Personas en cualquier parte del mundo están siempre conectadas y tienen como principal herramienta el teléfono celular. El pequeño aparato que al principio era un simple teléfono móvil, ahora es teléfono, e-mail, máquina de fotos, televisor, cámara filmadora, tarjeta de crédito, perimte haer video conferencias, etc., etc., etc. una completa convergencia de tecnologías en un pequeño aparato. Diversas herramientas de comunicación que mantienen a cualquier habitante comunicado. Actualmente es imposible esconderse, los GPS’s forman parte del circuito electrónico de cualquier celular vendido en las casas especializadas y no tan especializadas. La tecnología empieza a dominarnos o, por lo menos, nos ha hecho dependientes de sus comodidades y funciones que proporcionan. Somos dependientes de los ceros y unos. Y en ese mundo nos inserimos y dejamos huellas. Pequeñas pistas que indican dónde estuvimos y qué hicimos en el ciberespacio.
Pues en ese mundo futuro y presente en que vivimos - en el que aún a los que nacieron en un contexto analógico les parece absurdo pensar en ideas que ya están presente en la rutina de los más “tecnológicamente precoces – estaba Ella, con su celular comprado por una necesidad propuesta por la situación en la que vive. El reloj marcaba las nueve y media de la mañana de un lunes caluroso y húmedo de octubre de un año reciente. Su horario habitual de entrar a trabajar es a las nueve de la mañana. Su jefe la iba a matar. Sentada en un banco de hierro herrumbrado de la parada de ómnibus esperaba el 141 que la llevaría al edificio dónde tareas, compromisos y compañeros de trabajo esperan su presencia. El colectivo no aparece, las agujas no paran de girar. El minutero ya había dado treinta y dos constantes e incesantes vueltas. Su compañero de trabajo más próximo, que se encuentra en la mesa al lado de la suya, comenzaba a preocuparse. Sí, comenzaba, porque esa es otra de las características de este mundo conectado en redes de información constantes. Una situación paradójica: estamos cada vez más accesibles a otras personas y al mismo tiempo cada vez más solos. Dejamos de ser individuos de una sociedad para ser individuales de una sociedad individual y cada vez más aislada. Dejamos de ser una colectividad para ser la suma de individuales que interactuamos en el mundo real y nos comunicamos en el virtual. Hablamos con nuestro compañero de trabajo por softwares de diálogo por internet. Ni siquiera nos tomamos el trabajo de girar la cabeza y dirigirnos al prójimo. Simplemente tecleamos en la computadora, siempre en silencio, y de la misma forma el otro internauta nos responde. Somos la parte activa de la PC. Somos el hardware que faltaba. Un animal estúpido incapaz de entablar una relación interpersonal con el prójimo por no saber como dirigirse a otro ser humanos semejantes. Perdemos de a poco la capacidad de dialogar. Somos principiantes en escuchar y ser escuchado. Necesitamos recursos gráficos para expresar nuestros sentimientos.
El minutero había girado ya 45 veces y se acercaba el diez del reloj. Trataba de hablar con su trabajo, pero no lo lograba. No había conexión. Urgía le necesidad de comunicar que no había podido resolver sus problemas personales y que le llevaría un poco más de tiempo. El celular insistía en no comunicarse. Su desesperación aumentaba. No podía faltar al trabajo sin avisar. Arribó a su a las once menos cuarto de la mañana y para su sorpresa ni una pregunta le fue hecha. Nadie estaba al tanto de su atraso. Todos sus colegas de la empresa estaba sentados en frente a la pantalla, hipnotizados por la luz que emitía la computadora y preocupados con sus metas ese día. Se sentó en su terminal y trabajó durante todo el día. A las 19 en punto se retiró. Sabía que había trabajado menos. No le importaba. Su desinteresada actitud correspondía ala desinterés que había sentido al llegar al laburo. Cinco minutos después, ya en el ascensor, como consuelo escuchó: “hoy has llegado atrasada. Espero que lo recuperes antes de fin de mes, para eso te pagamos”. Ya en su casa, se lavó los dientes y durmió. El celular marcaba las 22 horas y el despertador mostraba las siete en punto. Su objetivo ese fue el de cambiar el celular. No podía tener problemas en su empleo por tan banal percance.
Aún se pensaba en cartas escritas a mano. El teléfono y el fax eran lo súmmum en herramientas de comunicación. Los “Jetsons” era un dibujo animado futurista que causaba gracia por la ideas que proponía y por su, en aquél momento, ingenuidad frente a semejante presentación de la utilización diaria de la tecnología. El personaje principal hablaba con su jefe por video conferencia, tenía una empleada robot, ponía pastillas en una máquina y le salían platos de comida prontos. Fenómenos vistos como algo utópico, absolutamente irreal o distante. Hechos que serian posibles en una era que no legaría tan pronto, imaginada en un mundo metálico, una verdadera sinfonía en gris mayor – como escribiera Rubén Darío – y lleno de máquinas con tareas y formas de seres como nosotros.
Pues vemos ahora que no es así, o mejor dicho, es así! Personas en cualquier parte del mundo están siempre conectadas y tienen como principal herramienta el teléfono celular. El pequeño aparato que al principio era un simple teléfono móvil, ahora es teléfono, e-mail, máquina de fotos, televisor, cámara filmadora, tarjeta de crédito, perimte haer video conferencias, etc., etc., etc. una completa convergencia de tecnologías en un pequeño aparato. Diversas herramientas de comunicación que mantienen a cualquier habitante comunicado. Actualmente es imposible esconderse, los GPS’s forman parte del circuito electrónico de cualquier celular vendido en las casas especializadas y no tan especializadas. La tecnología empieza a dominarnos o, por lo menos, nos ha hecho dependientes de sus comodidades y funciones que proporcionan. Somos dependientes de los ceros y unos. Y en ese mundo nos inserimos y dejamos huellas. Pequeñas pistas que indican dónde estuvimos y qué hicimos en el ciberespacio.
Pues en ese mundo futuro y presente en que vivimos - en el que aún a los que nacieron en un contexto analógico les parece absurdo pensar en ideas que ya están presente en la rutina de los más “tecnológicamente precoces – estaba Ella, con su celular comprado por una necesidad propuesta por la situación en la que vive. El reloj marcaba las nueve y media de la mañana de un lunes caluroso y húmedo de octubre de un año reciente. Su horario habitual de entrar a trabajar es a las nueve de la mañana. Su jefe la iba a matar. Sentada en un banco de hierro herrumbrado de la parada de ómnibus esperaba el 141 que la llevaría al edificio dónde tareas, compromisos y compañeros de trabajo esperan su presencia. El colectivo no aparece, las agujas no paran de girar. El minutero ya había dado treinta y dos constantes e incesantes vueltas. Su compañero de trabajo más próximo, que se encuentra en la mesa al lado de la suya, comenzaba a preocuparse. Sí, comenzaba, porque esa es otra de las características de este mundo conectado en redes de información constantes. Una situación paradójica: estamos cada vez más accesibles a otras personas y al mismo tiempo cada vez más solos. Dejamos de ser individuos de una sociedad para ser individuales de una sociedad individual y cada vez más aislada. Dejamos de ser una colectividad para ser la suma de individuales que interactuamos en el mundo real y nos comunicamos en el virtual. Hablamos con nuestro compañero de trabajo por softwares de diálogo por internet. Ni siquiera nos tomamos el trabajo de girar la cabeza y dirigirnos al prójimo. Simplemente tecleamos en la computadora, siempre en silencio, y de la misma forma el otro internauta nos responde. Somos la parte activa de la PC. Somos el hardware que faltaba. Un animal estúpido incapaz de entablar una relación interpersonal con el prójimo por no saber como dirigirse a otro ser humanos semejantes. Perdemos de a poco la capacidad de dialogar. Somos principiantes en escuchar y ser escuchado. Necesitamos recursos gráficos para expresar nuestros sentimientos.
El minutero había girado ya 45 veces y se acercaba el diez del reloj. Trataba de hablar con su trabajo, pero no lo lograba. No había conexión. Urgía le necesidad de comunicar que no había podido resolver sus problemas personales y que le llevaría un poco más de tiempo. El celular insistía en no comunicarse. Su desesperación aumentaba. No podía faltar al trabajo sin avisar. Arribó a su a las once menos cuarto de la mañana y para su sorpresa ni una pregunta le fue hecha. Nadie estaba al tanto de su atraso. Todos sus colegas de la empresa estaba sentados en frente a la pantalla, hipnotizados por la luz que emitía la computadora y preocupados con sus metas ese día. Se sentó en su terminal y trabajó durante todo el día. A las 19 en punto se retiró. Sabía que había trabajado menos. No le importaba. Su desinteresada actitud correspondía ala desinterés que había sentido al llegar al laburo. Cinco minutos después, ya en el ascensor, como consuelo escuchó: “hoy has llegado atrasada. Espero que lo recuperes antes de fin de mes, para eso te pagamos”. Ya en su casa, se lavó los dientes y durmió. El celular marcaba las 22 horas y el despertador mostraba las siete en punto. Su objetivo ese fue el de cambiar el celular. No podía tener problemas en su empleo por tan banal percance.
3 comentários:
Buen relato para un buen regreso…
Lo que parecía utopía ayer, hoy se hace realidad... lo absurdo se naturaliza.
Más informados pero menos comunicados, conocemos más gente pero nunca estuvimos tan solos… todo tan efímero, los "vínculos líquidos" escapan de las manos...
Dependiente de parafernalias tecnológicas que intento humanizar y deseando que el cartero golpee otra vez a mi puerta con una carta escrita a mano, con letra de verdad, en hojas con renglones y hasta con faltas de ortografía…(ahora es esto lo q suena casi como utopía, q paradoja!)
¿Crisis del relato? ¿Cómo sería un mundo donde las personas perdieran la capacidad de relatar lo que les pasa? por ahora prefiero no saber, así que agradezco tu relato…
Los Jetsons! Qué recuerdos! Y pensar que en esa época para mi estaban recontra pasados de rosca...
Me encantó el relato y me hizo extrañarte Panchito. Extrañar nuestros diálogos de rutina. Creo que hacés una crítica a lo que le sucedió a la sociedad después de hacerse rehén de la tecnología, pero no te olvides que gracias a ella convivíamos a diario, tú ahí y yo acá.
Bueno, arriba con el blog que está súper!
Un beso
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