
Hoy en día jugar en la calle es un privilegio de niños de ciudades pequeñas y tranquilas. Las capitales del mundo han puesto la posibilidad de disfrutar de horas de sol en una lista peligrosa, donde las consecuencias de jugar al aire libre pueden ser bastante graves. El miedo al secuestro, a la agresión, a la muerte, acechan a los que salen a las calles desprotegidas de las grandes metrópolis. Los únicos que tiene horas de sol seguras son los detenidos en las cárceles superpobladas. Los ricos tienen espacio, pero no saben qué hacer con él; los pobres saben qué hacer, pero quieren divertirse como los ricos, en el ciberespacio, dirigiendo muñecos capaces de matar criaturas irreales y volar de un simple salto. La pobreza fomenta la creatividad. Los niños adinerados de ciudades grandes no ejercitan el cuerpo a través de los juegos, son hábiles con los dedos y con las combinaciones binarias, pero la capacidad de creación e recreación sale solamente de la pantalla. La computadora nos atrofia los dedos y nos tuerce la columna. Nos seca los ojos con esa luz mágica, producto de miles de combinaciones de ceros y unos.
Este niño es una privilegiado. La imagen nos inyecta libertad por los ojos. Un "nene" joven que ve la vida como tendría que ser vista: sin preconceptos, sin horarios, sin preocupaciones, libre e inmune a cualquier preocupación geopolítica, económica, social, moral, profesional, etc. No se preocupa por la relación del dólar con las otras monedas. No tiene que ocuparse, por ahora, en decidir por una carrera que se adapte al implacable mercado de trabajo, ni tiene que pagar las miles de cuentas que la sociedad decidió imponer. Él juega, salta, corre, ríe. El peligro le es inconsciente, así como le es inconsciente la felicidad. Y además no tiene la infelicidad de saber que no sabe que es feliz.
Feliz del niño, feliz de la felicidad y pobre de nosotros que sabemos lo que es la felicidad, sabemos que no es fácil alcanzarla y seguramente no sabremos qué hacer con ella cuando la conquistemos. Nosotros queremos problemas. Son los problemas que hacen el día a día un desafío y vencerlo es lo que nos reconforta. Por lo tanto, que jueguen los niños que aún son niños! Juguemos! Busquemos al niño escondido dentro de nosotros y aprovechemos los días de sol para salir mientras es posible. Los hechos nos muestran que el salir, así como el jugar, es privilegio de estas generaciones. Usemos ese privilegio mientras podemos.
En la burbuja del poder
En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.
Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.
Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.
(Eduardo Galeano, Brecha 557, Montevideo, 2 de agosto de 1996.)
Sacado del site: http://patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/los.prisioneros.htm
Este niño es una privilegiado. La imagen nos inyecta libertad por los ojos. Un "nene" joven que ve la vida como tendría que ser vista: sin preconceptos, sin horarios, sin preocupaciones, libre e inmune a cualquier preocupación geopolítica, económica, social, moral, profesional, etc. No se preocupa por la relación del dólar con las otras monedas. No tiene que ocuparse, por ahora, en decidir por una carrera que se adapte al implacable mercado de trabajo, ni tiene que pagar las miles de cuentas que la sociedad decidió imponer. Él juega, salta, corre, ríe. El peligro le es inconsciente, así como le es inconsciente la felicidad. Y además no tiene la infelicidad de saber que no sabe que es feliz.
Feliz del niño, feliz de la felicidad y pobre de nosotros que sabemos lo que es la felicidad, sabemos que no es fácil alcanzarla y seguramente no sabremos qué hacer con ella cuando la conquistemos. Nosotros queremos problemas. Son los problemas que hacen el día a día un desafío y vencerlo es lo que nos reconforta. Por lo tanto, que jueguen los niños que aún son niños! Juguemos! Busquemos al niño escondido dentro de nosotros y aprovechemos los días de sol para salir mientras es posible. Los hechos nos muestran que el salir, así como el jugar, es privilegio de estas generaciones. Usemos ese privilegio mientras podemos.
En la burbuja del poder
En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.
Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.
Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.
(Eduardo Galeano, Brecha 557, Montevideo, 2 de agosto de 1996.)
Sacado del site: http://patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/los.prisioneros.htm

