quinta-feira, 14 de fevereiro de 2008

Presentes, pero ignorados!


Montevideo, invierno de 2007. Todo transcurre normalmente en la capital uruguaya. Ya en las primeras horas de la mañana la gente enfrenta a sus conciudadanos en las tareas más triviales. Son miles de personas subiéndose a los ómnibus, enfrentando corredores apretados, repletos de gente, pensando por qué el que está a su lado no se tomó el colectivo que pasaba veinte minutos antes y de esa forma le habría más lugar en el autobús; dueños de establecimiento levantando las rejas y organizando todo para su jornada de trabajo; niños en blanco tiza, ojos hinchados, escondidos tras un moño azul, de la mano de sus tutores, yendo a la escuela como es deber y costumbre; estudiantes entrando a las facultades; mujeres y hombres con bolsos y bolsas, preparados para su día de trabajo.
Todo marcha como debe ser. Entre ellos, en ese invierno soleado y frío, se encuentra este viejo. No tiene nombre. Es un viejo, como tantos adultos mayores que vagan por las grandes y pequeñas ciudades del mundo. Pues este viejo, ahora, es (y no está) privilegiado. Acaba de ser inmortalizado por la máquina fotográfica. No más morirá, es eterno como el vino que bebe, como ese vino que ha resistido a siglos y siglos, civilización tras civilización. Ingiere inmortalidad, la eternidad le da placer. Ignora que será recordado por nosotros y por otros, y después otros, durante mucho tiempo. La imagen no le permite envejecer. La posición no le molesta.
Además de estar condenado a la eternidad por el retrato, vive en nuestra imaginación. La imagen colectiva de los ciudadanos de cualquier metrópolis incluye a esta gente involuntariamente en el concepto de ciudad que cada persona costruye. Están ahí, los miremos o no. Los vagos, la gente pobre, los abandonados por la por la sociedad y el Estado, que tal cual la población activa, sale a la calle a buscar su comida, su dinero, su sobrevivencia. Es gracioso cómo los vemos poco. Quizá los evitamos por culpa, o por exceso de presencia. Quizá están demasiado presentes y se hacen comunes. Pobre gente. No saben que cuanto más son, menos se los ve. Lamentable. La culpa es nuestra y no es fácil enfrentaros todos los días a las consecuencias de nuestras actitudes, a nuestras culpas. La sociedad no los quiere, pero los imagina. Los ve en las esquinas, harapientos, llenos de cajas y frazadas inmundas y olorientas que los protegen de la intemperie.
Él, el viejo, vivirá para siempre en esta imagen. Ojalá los viejos, jóvenes y niños puedan cambiar la calle por una morada decente… ojalá que sea a tal grado que dejen de vivir en nuestra imaginación. De lo contrario nos encontraremos con nuestras culpas un día cualquiera, de un invierno ordinario en una esquina olvidada de alguna ciudad de este planeta. Las encontraremos siempre…

Volvimos!!!

Después de mucho, mucho tiempo hemos vuelto!!!

no nos iremos más!